un caleidoscopio de viajes

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Hace dos meses que regresamos de Alaska, esa era el fin, habíamos atravesado América. Aunque la verdadera meta es el regreso, saber recopilar las sensaciones, las emociones, la fuerza y la confianza para regresar y continuar el viaje de la vida con alegría y sabiduría, más consciente de cada paso y cada decisión.

Este proceso, el de regresar lo mejor posible es el verdadero reto, es donde habita la valentía del viaje vital.

74Me gustaría poder decir que he encontrado muchas respuestas en el trayecto, pero más bien se me han planteado más preguntas. Mientras observaba los animales salvajes de Alaska, los osos buscando comida entre las nieves tardías, los alces guiando a sus crías a lugares protegidos, las águilas observando y sobrevolándolo todo, me preguntaba si ellos alguna vez han dudado de si su forma de vivir no sería tal vez la correcta. Observarlos despertaba cierta libertad en mí, me inspiraban a buscar que es realmente el ser humano, cual sería mi naturaleza en su pura forma. Debería vivir en el bosque o debería vivir entre personas. Que debería comer, donde dormir, que amar, que cuidar, que pensar o que sentir.

Un día, me paré frente a las imágenes de un documental, Alone in the Wilderness. El protagonista, el cual vivió 35 años in the wilderness, se filmaba mientras construía una cajita para guardar el pan reciclada de los bidones de gasolina que los pilotos tiraban desde el aire. Mientras construía su panera comentaba que, para el hombre, construir algo con sus manos y verlo terminado, era lo que más satisfacción proporcionaba en la vida. A continuación añadió que cuando varias personas juntan sus manos para crear pueden hacer cosas tan grandes como llegar a la Luna.

Pensé entonces que tal vez uno de nuestros instintos naturales sea crear, o más bien transformar.

Hacia donde llevó la humanidad el afán por transformar tal vez me lleve a dudar de que si deberíamos todos crear o no. Porque, sin dudar, algo que he redescubierto viajando es que la naturaleza es lo más hermoso y sabio de todo lo que existe, y el ser humano, nacido en tal paraíso, invierte la mayor parte del tiempo en transformar tal perfección a gusto de sus caprichos. Ese tipo de creación no es más que pura destrucción.

Una de las mejores experiencias de viajar es hacer autostop. Nuestro amigo conductor que nos condujo entre la frontera de Argentina y Chile nos explicaba, mientras bordeaba el volcán Villarica, que cuando uno sube al volcán y observa toda la belleza que le rodea se siente como si un gran artista pintase de nuevo nuestra alma gastada.

Viajar tanto tiempo, siempre en movimiento no ha sido fácil, es sobrevivir cada día con lo mínimo, exponerse cada día a lo desconocido. Hay días hermosos, excitantes pero días donde  te cansas de ver las injusticias de cada país, de cada sociedad, días donde pierdes la fe en el ser humano y deseas ser cualquier otro animal, cualquier otra clase de ser vivo hace más por los que le rodean, cualquier otra cosa vive más en armonía. Pero viajando he tenido la suerte de moverme por otro circuito vital, he sentido como si algún misterioso flujo se mueve también bajo la superficie de las torpes vidas humanas.

Pasó casi un año hasta que descubrí como habíamos avanzando en el viaje, de casa en casa, de coche en coche, como todo se hilaba para que al día siguiente siempre hubiese un techo, un amigo, alguien compartía su comida o nos llevaba hasta su pueblo.

IMG_0688Los últimos días en Alaska fueron un resumen de ello. Kenny y yo salimos con bastante comida de Anchorage hacia el sur, unos 800km. para vender nuestro coche allí y regresamos con toda la comida. La primera noche paramos junto a un grupo de gente acampada cerca de la carretera. Preguntamos si era un camping, si pudiésemos dormir allí. No era un camping, era una reunión de padres de adolescentes de intercambio. Celebraban el principio del verano y la despedida de los chicos que regresaban a sus países. Nos invitaron a quedarnos con ellos y a comer. Al día siguiente vendimos el coche, el comprador nos llevó unos cuantos km. de regreso al norte. Luego continuamos haciendo autostop. El señor que nos paró nos invitó a pasar la noche en su cabaña. Su cabaña resulto estar en medio de una isla en un hermoso lago y el hombre era chef. Así que a cambio de ayudarle en la limpieza de una cabaña que tenía en obras nos preparó una deliciosa comida y dormimos calentitos mirando al lago.

Él mismo nos llevó casi de regreso a Anchorage, allí nos recogieron los Davis, nuestro padres de Alaska. Nos conocimos en el hermoso parque de DEnali. Habíamos ido hasta allí para ver animales salvajes. Este invierno había sido el más largo desde 1918 y todo estaba cubierto por la nieve.  Nuestra parcela del camping estaba llena de nieve derretida y nuestro calzado, el mismo de todo el viaje, estaba lleno de agujeros, nuestros pies se mojaron y nuestra tienda colocada entre la nieve prometía una noche fría. Mientras fracasábamos en mantener el fuego encendido yo recuerdo mirar a la linda pareja que disfrutaban de la comida sentados junto a la nieve, sonreían con complicidad el uno hacia el otro en todo momento. Ellos nos vieron y nos invitaron a un vino junto a su pequeña caravana. Tras unos minutos con ellos ya nos sentíamos como en casa y terminaron por invitarnos a pasar unos días en su hogar. Karen y Mike estaban retirados, eran profesores y tras pasar varios años de su vida en el cuerpo de paz en Botsuana decidieron dar clase en comunidades pequeñas aisladas en el norte de Alaska. Disfrutamos mucho mientras compartían con nosotros sus experiencias de África y del gélido norte.86

Con ellos pasamos nuestros últimos días en Alaska, nos hicieron una fiesta de despedida y nos llevaron al aeropuerto. Esos días nos ofrecieron lo mejor que tenían, el más rico salmón ahumado en casa, licores caseros, el primer queso que se atrevieron a hacer. Despedirme de ellos fue como despedirnos de todas esas personas que nos acompañaron en el viaje, que acogieron a dos desconocidos en sus vidas y les dieron lo mejor que tenían.

Nuestro viaje fue como esos últimos días en Alaska, siempre ha habido quien nos acogió, quien nos acompañó, quien compartió su comida y quien nos dio lo mejor que tenía.

Viajar no me ha hecho más sabia, ni me siento más fuerte, ni tengo las claves de la vida, pero si he descubierto el amor incondicional, ese que surge entre desconocidos que se ayudan. He entendido la necesidad de crear pero en armonía. He comprendido que si existe algún paraíso prometido es nuestro querido planeta Tierra y soy más consciente de que bajo las rarezas y crudeza de la realidad cotidiana la vida se abre camino, en eterno fluir  y si uno se engancha a esa estela puede vivir como un verdadero ser humano.

Pd. siempre recuerdo con especial cariño alguien que no nos pudo recoger en el camino. Estábamos en la frontera entre Chile y Bolivia haciendo autostop en el desierto de Atacama. Era un día de viento, la arena se nos metía por todas partes. En el cruce de caminos hacíamos tiempo tirando piedras a unas latas, jugando a quien tenía mejor puntería. Pasaban las horas y nadie pasaba. De pronto un coche paró. El conductor nos preguntó sorprendido que hacíamos allí solitos en medio de la nada, nosotros explicamos que queríamos llegar a Bolivia, él con pena nos respondió que se dirigía hacia otro lugar. Paró el motor de su coche y siguió preguntando -de donde sois?- de Bélgica y España, respondimos. Sin salir de su asombro -Y que hacen aquí?, pues estamos viajando, conociendo la zona- y os gusta mi tierra? Siiii, nos encanta. Con increíble ternura respondió- que alegría saber que personas de tan lejanos lugares disfrutan de mi tierra, yo amo mi desierto, me parece hermoso y lo disfruto cada día, muchas gracias por venir hasta aquí.

Él siguió su camino y nosotros seguimos allí, jugando con las piedras, el viento y la arena.

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Una respuesta

  1. Sam

    q bonito suena todo…
    🙂

    agosto 28, 2013 en 12:44 am

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